sábado, 8 de abril de 2017

La dieta 80/20

Aunque más que dieta, habría que llamarlo "plan de alimentación" u "organización alimentaria". Porque comer al estilo 80/20 no es propiamente un régimen. No hay alimentos prohibidos, ni se pesa la comida. Aún mejor, hay momentos de libertad absoluta y de olvidar restricciones y control. Aunque una vez dentro del engranaje de la buena cabeza y lo razonable que da de sí este plan dietético, las locuras no son tan locas y la cordura impregna hasta los momentos de caprichos y antojos.
 
Todos, en el fondo de nuestro corazoncito, sabemos comer. Tenemos claro qué está bien y qué está mal. Aunque no sea más que por el recuerdo de nuestras madres y sus prohibiciones. Sin embargo, la vida, las prisas y, por qué no decirlo, la falta de voluntad, nos lleva a cometer excesos, errores y malos hábitos que una vez adquiridos no son tan fáciles de abandonar. Sin embargo, se puede. En este caso, si se quiere, se puede comer mejor. Y no morir de pena en el intento.
 
El plan 80/20 juega con nuestra voluntad y nuestros caprichos. Nos premia el buen hacer dietético del 80% del tiempo con un 20% en el que podemos comer sin pensar si engorda o no. Simplemente, nos gusta y podemos comerlo, porque el resto del tiempo fuimos buenos y comimos como es debido. Si a lo largo de la semana hacemos tres comidas al día, con un total de veintiuna comidas, esta forma de comer contempla hacer de forma equilibrada y sana dieciocho de ellas a lo largo de siete días, y darnos el lujo de comer lo que queramos, sin restricciones, en tres ocasiones. Salir a un restaurante sin privarnos de una buena hamburguesa, por ejemplo, en lugar de coger la ensalada porque estamos a dieta. Y sin remordimientos ni sensación de estar haciendo algo malo.
 
La parte del 80, eso sí, tiene que seguir unas pautas saludables que juegan con la lógica y el sentido común. Reducir cantidades de ciertos alimentos no tan saludables, pero sin eliminarlos por completo, como por ejemplo, el azúcar. O sustituir algunos alimentos procesados por otros más naturales, como pueden ser los aperitivos salados (patatas fritas, nachos, gusanitos...) por frutos secos o aceitunas. No comer entre horas. No tomar refrescos azucarados. Bajar la freídora al trastero y usar más el horno y la plancha. ¿Embutidos fuera? Pues no todos: podemos dejar los menos grasientos, como el jamón serrano y el lomo, lo cual no está tan mal... No es necesario pasar del filetón al brócoli de golpe: podemos meter más pescado y seguir comiendo carne, pero menos, y si puede ser sin manipular en forma de salchichas o hamburguesas hechas industrialmente, sino cortada ante nuestros ojos del trozo de vaca por el carnicero, como no hace tanto. Pequeñas cosas que no nos amargarán la vida, pero sí darán un toque más saludable a ese 80 de nuestra semana. Y, en consecuencia, harán que el 20 más descontrolado del que disponemos sea también mucho menos nocivo.
 
Aparte de la sensación de premio por habernos "portado bien" el resto de la semana, claro... Y otro punto importante: una vez que la mayor parte del tiempo te acostumbras a hacer las cosas bien, y notas los beneficios que eso supone (algún kilo sueltas, fijo, y coger más, no vas a coger...), las locuras de los días del "todo vale" también van siendo cada vez menores.

Si le añadimos a esto un poco de ejercicio, miel sobre hojuelas. ¿Qué no somos de gimnasio por falta de tiempo o simplemente porque no nos gusta? Fácil. Podemos bajarnos una parada antes del metro o del autobús y andar un poco. O salir a que nos dé el aire y andar media hora diaria, y de paso que compramos el pan un poco más lejos que de costumbre, para alargarlo un poquillo.
 
En resumen, una manera de encauzar por el camino saludable nuestra manera de comer sin sentir que estamos a régimen. Porque ¿qué sería la vida sin un donut de chocolate o unas patatas fritas de vez en cuando?
 

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